Crónica de un accidente en donde el rostro ensangrentado y los llantos de una señora accidentada en el suelo son el espectáculo principal. No cuestiono el trabajo informativo, pero sí critico que por tener la mejor foto se pase por encima de la dignidad de las personas.


El momento en el que la señora y su accidente parecía ser el hecho más insólito para el fotoperiodista

Eran las once de la mañana del jueves 8 de mayo de 2014. Me transportaba en el autobús de la ruta 101-B con número de matrícula AB72-421 que hacía su recorrido de Santa Tecla a San Salvador. Un grito estrepitoso y un derrape de llantas interrumpieron los pensamientos sobre mis propios problemas.

Una señora de nombre Sandra Dalila Peñate Flores de unos aproximados 35 años. Vestía una falda de color negro y una blusa celeste. Portaba unos vasos y platos desechables. Ahí estaba ella en el pavimento de la calle El Pedregal cerca del redondel Roberto D´aubisson a las afueras de San Salvador luego de caerse de la puerta trasera del bus. Me levanté para ver qué ocurría, y vi una escena de esas que quisiera mandar a la papelera de mis pensamientos. La señora temblando con la cara y cabeza ensangrentada; no reaccionaba, los vehículos seguían circulando, el motorista del bus se bajó, pero huyó del lugar. Todos temíamos lo peor. Los nervios se veían reflejados en los rostros de los otros pasajeros.

Hice una de esas oraciones mentales por inercia pidiéndole a Dios que le permitiera vivir. Saqué mi teléfono y marqué al 911. Un operador con una pésima dicción para hablar me hizo una pregunta que jamás entendí; con voz firme le dije -hay una persona atropellada en tal dirección. El operador contestó -¿ella sigue con vida? -Sí- contesté (era una conversación eterna) el hombre preguntó -¿la atropelló un bus o un microbús tipo coaster? -Fue un bus- dije; y volvió a preguntar, como si le pagaran para conocer el perfil de facebook del motorista -¿y el bus se quedó en el lugar o se fue?- ¡Ja! ya no contesté y solo balbuceé -¡Apúrese!-.

Saqué mi carné y equipo de prensa -siempre lo ando conmigo-. Al acercarme, ya estaba una oficial de policía de Turismo atendiendo a la señora. Alrededor de la escena habían de esos por lo que nos llaman "Guanacos". Sacaron sus teléfonos celulares y unos hasta cámaras digitales, y sacaban fotografías del hecho, pero el colmo fue un fotoperiodista que por ética me reservaré el medio de donde venía. En menos de dos minutos sacó en ráfaga cerca de 20 fotografías del mismo perfil del rostro en el suelo.

Bajaba la cámara y revisaba sus fotos; cambiaba de ángulo y venían otras ráfagas fotográficas. Luego de repetidas ocasiones de la misma acción se le acercó un policía y le dijo: "Ey, ya es suficiente; ya sacaste las fotos necesarias así que aléjate".

Ahí pensé que el periodista salvadoreño tiene impregnado en su ADN el sensacionalismo periodístico. Gusta de ser el héroe y tener una hazaña nueva para su colección periodística. ¿Culpa del medio en que trabaja o de las universidades que los forman? Sea como sea, ese sensacionalismo también es parte del día a día del salvadoreño promedio.

Del hecho puedo concluir que vivimos en un país donde la sangre en el pavimento es un espectáculo donde los medios aprovechan para llevarlo a usted a la primera fila del momento. No cuestiono el trabajo informativo, pero sí critico que por tener la mejor foto se pase por encima de la dignidad de las personas.

El día en que nos preocupemos más por la dignidad del necesitado que por lo que yo necesito, ese día estaremos en ruta de un mejor El Salvador.

La señora sobrevivió al percance. El bus quedó abandonado.